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Los muertos no necesitan nombres.
Samiel

La Orden del Cielo ha sido famosa por recoger en sus filas algunos de los mayores héroes de Gaïa. no obstante, entre ellos hay una persona cuyo nombre ha sido vilipendiado tantas veces que sus iguales ni siquiera lo pronuncian. A él solo se refieren como el León Negro, el ejecutor imperial que ha teñido la tierra de rojo con la sangre de miles de víctimas. Pocos son los que saben que su verdadero nombre es Samiel y, menos aún, que su lazo con la muerte es mucho más estrecho de lo que nadie pudiera imaginar.

Apariencia

Samiel es un individuo de apariencia intimidante. Midiendo casi dos metros de altura, el cuerpo del Condenado se encuentra cubierto por una pesada armadura negra, decorada con los motivos imperiales.

Personalidad

El León Negro siente un genuino aprecio por Elisabetta y piensa que, por primera vez, las vidas que toma tienen un mayor significado que su mera supervivencia. También cree que la joven tiene demasiada moral para ordenar ciertas “cosas” que deben se hechas, razón por la cual considera que su presencia en La Mano de la Emperatriz es más que necesaria. En varias ocasiones su comportamiento individualista le ha llevado a enfrentarse a Yuri Olson, si bien entre ambos ha surgido cierto respeto mutuo que ninguno de los dos admitirá jamás.

La idea de morir le aterra, pues es consciente de que pasará con su alma una vez que fallezca.

Historia

Hijo de Oneiros, aquel que llaman El Inmortal, el único motivo por el que Samiel vino al mundo fue proveer a su tenebroso padre de una nueva vida que reclamar para sí. Comprendiendo que el chiquillo estaba destinado a morir, su madre huyó con él hacia la jungla con la vana esperanza de que la espesura les sirviera de escudo, pero fue inútil. Oneiros dio con ellos y consumió casi toda la vida del bebé. En un raro momento de crueldad del impasible inmortal, como castigo hacia la desobediencia de la mujer dejó al pequeño un fragmento de alma. A continuación, lanzó el minúsculo cuerpo a una sima para que las bestias devoraran sus restos.

Aquel debió ser el final de Samiel y, en más de un sentido, lo fue.

Pues en absoluto silencio, Verdal, una de las tres Parcas, vino a recogerle.

Mientras los animales salvajes se apartaban aterrados al sentir su presencia, la Muerte se acercó al niño, que dejó de llorar y la miró con una sonrisa. No se sabe porque una entidad ancestral como el tiempo pudo sentir algo parecido a la pena o a la misericordia, mas Verdal fue incapaz de llevarse al pequeño cuyo destino le había sido arrebatado por el pacto entre su hermana mayor y Oneiros. Quizás conmovida por su sonrisa, arrancó las almas de las bestias que lo rodeaban y las ató al niño, prolongando así su existencia.

Sin saber qué hacer con él, la Parca cuidó de Samiel durante años enseñándole hasta que fue lo suficientemente mayor para valerse por sí mismo. Sin embargo, como su “madre adoptiva” no tardó en explicarle, el don de la vida que le había otorgado tenía un alto precio. Oneiros había consumido casi toda la existencia de Samiel y las almas que Verdal le había otorgado expirarían pronto. por ello, si el joven quería subsistir, en el futuro tendría que intercambiar otras vidas por la suya. Cuando la Muerte lo abandonó doce años después, Samiel abrazó con incertidumbre su oscuro destino.

Desde entonces, sin ser ni tan siquiera un adolescente, empezó a matar. Al principio cualquier vida tenía el mismo valor, pues todas servían igual, pero no tardó en detestarse a sí mismo. Aprendió a odiar la muerte en todas sus facetas y, sobre todo, a tener que quitar otras vidas para prolongar la suya propia. Conocedor del terror que le esperaba al morir, sumando a su determinación de acabar definitivamente con su padre, hizo que su deseo de existir fuera algo primario en él.

Tratando de reconciliarse con sus actos decidió que sólo consumiría las almas de aquellos que realmente lo merecieran. Tras vagar un tiempo sin rumbo, puso su espada al servicio del imperio, pensando que quizás así le resultaría más fácil encontrar objetivos  apropiados. Gracias a sus capacidades no tardó en convertirse en un agente de inigualable valía, entrando al servicio directo del Emperador Elías como uno de sus ejecutores. No obstante, por más y más que mataba, seguía incapaz de encontrar paz. Durante ese periodo fue cuando se le empezó a conocer como El León Negro, un monstruo de mal agüero cuya presencia presagiaba muertos.

Tras el fín de Elías, un Samiel realmente hastiado de todo se planteó seriamente dejar el Imperio. No fue hasta conocer a la joven Elisabetta cuando se dio cuenta de que las cosas podrían cambiar. Fue la propia Emperatriz la que le ofreció entrar a su servicio personal, asegurándole que haría todo lo que estuviera en su mano para hacer que no matara más. Fascinado por las palabras de la joven, el León Negro entró a formar parte de La Mano de la Emperatriz.

Aunque de momento camina junto a los otros agentes de la Emperatriz, destruyendo a quienquiera que amenace el sueño de Elisabetta, no ha olvidado su propio objetivo de encontrar a Oneiros y acabar finalmente con su maldición. Siente que sus posibilidades de derrotar al Inmortal son insignificantes pero quizás, y solo quizás, si consigue absorber su vida recuperará la parte que éste lo robó.

Poderes y habilidades

Samiel nunca ha practicado o recibido un entrenamiento oficial con la espada, pero tiene un talento natural para la muerte. Gracias a las almas de bestias que Verdal usó para mantenerle con vida es capaz de invocar una verdadera jauría de bestias espectrales que destrozan por completo todo lo que rodean. Además, los poderes oscuros que obtuvo de la Parca hacen que permanezca en el mundo incluso tras recibir heridas mortales, intercambiando su vida por la de sus contrincantes.

Notas y curiosidades

  • No posee Sangre Eterna, Ojos de la Muerte ni usa Nemesis.
  • El Mandoble que porta fue un obsequio de Verdal.
  • A nivel de ficha, Samiel posee la capacidad de conjurar dos criaturas atadas a su esencia, que toman la forma de los Leones Oscuros que le caracterizan.

Bibliografía

  • Anima Tactics
  • Light
  • Griffith
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